La fiesta de los independentistas catalanes tras ganar las elecciones de diciembre se transformó en resaca la última semana, cuando fueron incapaces de formar gobierno lastrados por las divisiones y la falta de una estrategia común tras el fallido intento de secesión.

A diferencia del movimiento independentista en Escocia (Reino Unido) o Quebec (Canadá), controlados por un partido casi hegemónico, en Cataluña el poder está repartido entre tres formaciones, unidas en su empeño de romper con España pero a menudo reñidas entre ellas.

Estas riñas saltaron de nuevo a la palestra el martes, cuando el presidente del Parlamento catalán, Roger Torrent, aplazó por sorpresa la investidura de Carles Puigdemont, cesado de la presidencia regional por el gobierno español de Mariano Rajoy el 27 de octubre, horas después de la fallida declaración de independencia.

El presidente de la cámara afirmó que lo hacía para asegurar un debate de investidura “efectivo y con garantías” ante las restricciones judiciales para impedir una elección de Puigdemont, perseguido por rebelión y sedición e instalado en Bélgica desde hace tres meses.

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